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HOMILÍA
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI DURANTE LA SANTA MISA DEL DOMINGO DE
PASCUA
Queridos
hermanos y hermanas:
«Ha
sido inmolado Cristo, nuestra Pascua» (1 Co 5,7). Resuena
en este día la exclamación de San Pablo que hemos
escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera Carta a los
Corintios. Un texto que se remonta a veinte años apenas después
de la muerte y resurrección de Jesús y que, no obstante,
contiene en una síntesis impresionante —como es típico
de algunas expresiones paulinas— la plena conciencia de la
novedad cristiana.
El
símbolo central de la historia de la salvación —
el cordero pascual — se identifica aquí con Jesús,
llamado precisamente «nuestra Pascua». La Pascua judía,
memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, prescribía
el rito de la inmolación del cordero, un cordero por familia,
según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús
se revela como el Cordero de Dios «inmolado» en la cruz
para quitar los pecados del mundo; fue muerto justamente en la hora
en que se acostumbraba a inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.
El sentido de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él
mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar
—bajo las especies del pan y el vino— de los elementos
rituales de la cena de la Pascua.
Así,
podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento
la tradición de la antigua Pascua y la ha transformado en
su Pascua.
A partir
de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende también
la interpretación de san Pablo sobre los «ázimos».
El Apóstol se refiere a una antigua costumbre judía,
según la cual en la Pascua había que limpiar la casa
hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo
de lo que había pasado con los antepasados en el momento
de su huída de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del
país, llevaron consigo solamente panes sin levadura. Pero,
al mismo tiempo, «los ázimos» eran un símbolo
de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo
nuevo.
Ahora,
como explica san Pablo, también esta antigua tradición
adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo «éxodo»
que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna. Y
puesto que Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado
a sí mismo por nosotros, también nosotros, sus discípulos
—gracias a Él y por medio de Él— podemos
y debemos ser «masa nueva», «ázimos»,
liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado: ya no más
malicia y perversidad en nuestro corazón.
«Así,
pues, celebremos la Pascua... con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad». Esta exhortación de san Pablo
con que termina la breve lectura que se ha proclamado hace poco,
resuena aún más intensamente en el contexto del Año
Paulino. Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación
del Apóstol; abramos el corazón a Cristo muerto y
resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno
del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del Espíritu
Santo: la vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo
eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: «Scimus
Christum surrexisse / a mortuis vere» —sabemos que estás
resucitado, la muerte en ti no manda.
Sí,
éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra
profesión de fe; éste es hoy el grito de victoria
que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto
está vivo, ¿quién podrá jamás
separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos
de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte? Que
el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso
canto del aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo
sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de
vida «ázimo», simple, humilde, y fecundo de buenas
obras. «Surrexit Christus spes mea: / precedet vos in Galileam»
— ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid a Galilea,
el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y
nos acompaña por las vías del mundo. Él es
nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo. Amén. |
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